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Memorias de un escritor fantasma

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Memorias de un escritor fantasma

(*) Jose Barroso tan solo es el confidente y valiente cronista de las memorias de este escritor fantasma que, a través de estas líneas, abre una ventana por la que podemos conocer algo más de la realidad de quienes viven de que otros firmen sus creaciones.


Yo tenía tres novelas publicadas e intentaba colocar la cuarta. Cuando al fin recibí la llamada de un editor —de bastante prestigio, todo hay que decirlo—, la posterior reunión se alejó mucho de lo que había imaginado. Me confesó que su sello había otorgado un generoso adelanto a una estrella del
rock con ínfulas de escritor, y que el resultado —¡oh, sorpresa!—, había sido un desastre. De modo que querían publicar mi novela con su nombre. Debido a la evidente necesidad de confidencialidad, al roquero le llamaré, en adelante, Su Majestad. No puedo revelar mucho más sobre él. Tan solo diré que su rima más lograda hasta la fecha ha sido «melón con jamón».Para los no iniciados, «escritor fantasma» es el eufemismo que hemos encontrado para no llamar «negro» al verdadero autor de los éxitos editoriales de algunas estrellas de la literatura. Supongo que lo de «fantasma» dota al término de cierto halo de misterio y le confiere alguna consideración.

Me sentí insultado, menospreciado, denostado, vilipendiado. Me levanté y me fui…, al baño. Volví y le pregunté por el porcentaje de los derechos de autor. Os ahorraré los detalles escabrosos, pero dos meses después logré ver uno de mis textos en los escaparates de las grandes librerías y pequeñas montañas de un libro escrito por mí, abriendo campañas publicitarias en unos grandes almacenes donde la primavera se adelanta tres semanas cada año. El único detalle amargo es que mi nombre no aparecía por ninguna parte. No ya en la portada, donde Su Majestad estaba escrito con una fuente mayor que la del título, yo tampoco salía en los créditos.

Su Majestad concedía entrevistas, iba a divertirse a televisión en programas de prime time, la radio le adoraba y conseguía llenar casetas en las ferias del libro. En cuanto a mí... Clic para tuitear

No me critiquéis que casi os oigo pensar. Tengo una hipoteca y una novia de esas que uno casi nunca puede permitirse. La jugada puso más dinero en mi cuenta corriente que las tres novelas anteriores. La intención de todos nosotros es vivir de la literatura, ¿no?

Todo iba bien. La novela se vendía, Su Majestad concedía entrevistas, iba a divertirse a televisión en programas de prime time, la radio le adoraba y conseguía llenar casetas en las ferias del libro. En cuanto a mí, le veía hablar del texto como si fuese suyo y enjugaba mis lágrimas con el cheque trimestral que enviaba la editorial. Los problemas empezaron cuando, ante tanta exposición, alguien le preguntó por «su» próximo trabajo. Contestó que sería su novela más personal e introspectiva. Lo vi en directo. Juro que se trabó al menos cinco veces para decir «introspectiva».

En menos de tres días tenía al teléfono a mi editor más odiado favorito, proponiéndome una reunión para hablar de futuro. Habéis adivinado, se refería al futuro de Su Majestad.

En esta ocasión, no valía un texto ya escrito, había que fabricarle una novela a medida y la nueva estrella literaria había accedido a conocerme con el fin de escribirla a cuatro manos —y un solo cerebro, por lo que comprobaría más adelante—. El encuentro, con intención de que yo me empapase de la personalidad de la nueva estrella, se produjo en un hotel de Madrid.

«Su Majestad» solo llegó dos horas tarde, algo bebido, frotándose continuamente la nariz y acompañado de una groupie que se comunicaba con el mundo mediante monosílabos. Lo digo en serio, no es que nunca la oyese construir una frase completa, es que jamás pronunció una palabra esdrújula.

La primera vez me tendieron una trampa en el despacho enmoquetado de la planta noble de una editorial de prestigio

Nada más empezar la reunión me di cuenta de que aquello iba a ser más complicado de lo que parecía. El cuerpo al que pertenecían las dos manos que no eran mías, vivía en algún lugar ubicado entre la resaca perenne y el éxtasis místico. Por suerte para mí, aún me encontraba negociando el porcentaje por mi participación en aquel sainete.

Me impuse, me crecí, me di a valer por una vez en mi vida. Exigí el doble que la primera vez y un adelanto a la altura del que había cobrado Su Majestad. Me lo denegaron, claro. Acabé firmando por lo mismo que la vez anterior, más un salario mensual sujeto al tiempo que tardase en entregar el manuscrito. Aquello me convirtió en mileurista sin libertad creativa y a Su Majestad en mi jefe directo.

Para culminar la reunión, una de las veces en las que la estrella del rock se levantó para ir al baño, tropezó con la mesa que nos separaba y derramó su copa sobre mí. Supongo que así fue como empecé a «empaparme» de él.

Estaba hecho. La primera vez me tendieron una trampa en el despacho enmoquetado de la planta noble de una editorial de prestigio. En esta ocasión, había acudido sabiendo a lo que me enfrentaba y había aceptado ser escritor fantasma con nocturnidad, narcóticos y alevosía.

 

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