La primera revista para escritores

Entrevista con Antonio Martín

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Antonio Martín. Socio fundador del centro de aplicaciones profesionales del lenguaje y de la edición Cálamo & Cran. Es uno de los cuatro miembros de grupo Palabras Mayores, divulgadores del lenguaje, la traducción y edición. De 2005 a 2015 presidió la asociación que fundó, la Unión de correctores de España. En el 2007 se le nombró Socio de Honor de La Casa del Corrector, de la Fundación Litterae. En 2015 crea La lectora futura, el medio que centraliza el mundo del libro en español. Ha escrito varios libros, artículos y ponencias sobre comunicación y corrección. Es profesor y ponente habitual sobre la edición en universidades europeas y americanas.

¿Qué significa corregir un texto?

Conseguir que quien lo lea comprenda sin problemas lo que el autor expresa. Sé que suena a respuesta de examen, pero es lo más conciso y ajustado a la realidad. Los correctores no tratamos de «mejorar» un texto, sino que lo limpiamos —de erratas y errores—, normalizamos —ajustamos el texto a la norma gramatical y libro de estilo— y unificamos: ante la diversidad de normas y convenciones para solucionar un problema, se opta siempre por la misma solución, acorde con el resto de casos similares, para establecer una convención en la lectura que no despiste al lector.

¿Cuáles dirías que son los principales valores que le aporta una corrección a un texto, en particular, a un texto literario?

Supervisar el texto desde el punto de vista del lector y del editor. Conseguimos que un texto vaya «limpio» y que no haya errores que entorpezcan la lectura, desde una tilde hasta errores de contenido; no solo errores de cultura general («Aún recuerdo aquel camino hasta Pompeya, junto a bella ciudad de Sicilia [!]»), sino errores de racord, como en el cine. El autor configura los elementos de una novela no como un guionista, que debe describir hasta el último detalle, sino que los recrea en su mente y transcribe solo los que le interesa a su texto; pero el lector, incapaz de ver la totalidad de los detalles de la escena, los reemplaza con su propia imaginación. En ocasiones, esos detalles del autor no se transcriben, se pierden o se desplazan. Un corrector ayuda a revisarlo para que sea coherente. En el cine es muy evidente: https://www.youtube.com/watch?v=JL2RigaAt7M

¿Cuál es el perfil de la persona que corrige textos?

El «corrector» es una mujer de entre 25 y 55 años, de letras y autónoma; trabaja en casa, rodeada de libros y se ríe de cosas a las que sus amigos no les ven la gracia («¡Ha dicho “candelabro” en vez de “candelero”!»); envía wasaps con puntos y comas y expresiones como «no obstante»; es muy observadora y meticulosa, por lo que puede ser difícil discutir con ella, pero un placer debatir: tiene conocimientos de lo más variado que pueden ir desde los tipos de navío de la escuadra inglesa en la batalla de Trafalgar hasta de los tipos de productos de inversión de más riesgo. Nunca se sabe: cada corrector es un calidoscopio de sabiduría.

Pero para serlo, no solo es necesario que domine la gramática y el vocabulario, tiene que ser cinturón negro en ortotipografía y composición. Pero sobre todo tiene que tener muy desarrollada esa capacidad para detectar errores de significado, de construcción, de coherencia. Y eso solo se consigue con un buen método y, luego, leyendo y corrigiendo millones de palabras.

¿Dirías que el de corrección es un servicio caro?

Tu imagen dice mucho de ti. Tu imagen escrita también habla de ti. Cuídala @_amoenus Clic para tuitear

No. Basta con que lo compares con el coste del error. Es decir: ¿es necesario usar cinturón de seguridad para conducir? ¿Es imprescindible que vayas vestido adecuadamente para una entrevista o una cita? ¿Merece la pena comer como un puerco delante de tus compañeros de trabajo o, vuelvo a lo mismo, en una cita? Tu imagen dice mucho de ti. Tu imagen escrita también habla de ti. Cuídala. Cuando te has visto en ese apuro, presentando un manuscrito a un editor o a tus primeros lectores, no querrás pasar la vergüenza de que te señalen la dificultad que han tenido para leer una novela muy interesante, pero llena de errores… manchas, al fin y al cabo. Merece la pena pagar por ello a alguien que no te llama la atención, sino que te ayuda a que sea más comprensible, a que tu novela entre por la vista.

Según tu experiencia, ¿cuáles dirías que son las faltas más frecuentes de los escritores?

La más grave es la que señalaba antes: la coherencia, como los errores de continuidad en el cine. Pero lo peor que puede hacer un escritor es dejarse llevar por el «me suena que esto se escribe así». No puede tener dudas. Quien escribe en serio debe tomarse de la misma manera que entra a formar parte de un club de profesionales de las palabras, a las que tienen mucho respeto, admiración y cariño, tanto a la hora de elegirlas como de imprimirlas. No solo debe consultar sus dudas antes y después de escribir, sino que debe contar con la ayuda de un profesional. Para los escritores sería esencial que aprendieran a componer diálogos: los usos de las rayas (no guiones) con otros signos de puntuación suelen dar mucho trabajo. Por lo general, los escritores suelen desconocer las normas de uso de los signos y recursos diacríticos. Les encantaría repasar algunas nociones básicas de ortotipografía porque les sería más fácil expresarse: tendrían más recursos en sus manos para conseguir aún más expresividad.

¿Qué piensas de que sea posible (¡y tan fácil!) hacer llegar a los lectores textos con faltas de ortografía, gramaticales y de estilo?

No puedes enviar un texto sin antes revisarlo: ni un correo, ni una presentación, ni una propuesta…, mucho menos una novela. Repito: tu imagen, tu credibilidad, tu confianza están en manos del texto que llega solo, sin nadie a su lado para dar explicaciones, nada más ni nada menos.

Es un error pensar que a los lectores no nos importa. La queja habitual y mayoritaria en los medios —aquellos que aún conservan el ombudsman o defensor del lector— es la cantidad de erratas que se encuentran. Se han incrementado desde que delegan la corrección a los propios ojos del redactor, acuciado por las prisas y obligaciones de un oficio cada vez más exigente y peor remunerado. La corrección solo la puede hacer un profesional cualificado. Porque los lectores no somos tontos. De hecho, uno de los límites a la piratería de ebooks son las malas copias —igual que en el caso del cine—, porque a los lectores, hasta los piratas, les cuesta leer entre tanta basura.

No puedes enviar un texto sin antes revisarlo: ni un correo, ni una presentación, ni una propuesta…, mucho menos una novela. Repito: tu imagen, tu credibilidad, tu confianza están en manos del texto que llega solo, sin nadie a su lado para dar explicaciones, nada más ni nada menos. Cada uno sabrá si su texto puede estar a la altura de la imagen que quiere proyectar. Si hay dudas, llama a un profesional. Te sentirás mucho más seguro.

¿Qué piensas de los redactores, creadores de contenidos y escritores que publican sus trabajos sin pasar antes por la fase de corrección?

Aunque la respuesta anterior sirve para contestar esta pregunta, aprovecho para recordar que, aunque vivamos en un mundo en el que parece que todo es gratis y rápido, los errores se pagan caros. Google valora tu ortografía y te califica. Algunos se atreven a ignorar la revisión porque piensan, primero, que el lector lo perdona todo: nada más lejos. Acabo de encontrar un blog donde hablan de los servicios que se pueden «disfrutar» —una mala traducción de los servicios que se «necesitan». Por eso no lo entendía. En segundo lugar, se confía en las herramientas de verificación o de autocorrección. Sirven para quitar problemas básicos, pero no uno como el caso: no lo detectan. Tercero: hay prisa. Pues bien, los correctores podemos trabajar de inmediato —también vivimos en un mundo digital— y podemos dar una respuesta igual de rápida y más eficaz que cuide tu imagen: no se «gasta» en corrección, sino que se invierte en calidad y en competitividad, que es la única ventaja que se puede tener frente a los demás.

¿Cómo crees que percibe el escritor el trabajo de corregir un texto?; y ¿cómo dirías que lo valoran las editoriales?

Un corrector es el piloto de pruebas del prototipo de la máquina que ha creado el escritor. Estamos a prueba de daños. Más que unos meros ­dummies, somos más bien los ingenieros que revisan todos los puntos clave para determinar la seguridad del aparato antes de ponerlo en manos del público. Los que saben dónde puede estar el fallo y cómo solucionarlo antes de que nadie se haga daño. De hecho, tendríamos que llamarnos técnicos de control de calidad de textos.

A los escritores noveles, que no suelen haber trabajado con correctores, les da pánico el nombre de «correctores de estilo». Pues este mensaje va para ellos: un corrector nunca toca el «estilo» de nadie; ese estilo que se menciona se refiere a que debemos aplicar las normas de estilo de la casa editorial, nada que ver con el estilo literario. Un corrector es un auxiliar, un compañero de trabajo que va a ayudar, con el comentar dudas y solucionar problemas con discreción, nada más lejos del tiquismiquis refunfuñón que se indigna por una coma mal puesta.

¿Y las editoriales? Bien, puedo decir que he asistido a congresos, encuentros y he leído muchos libros donde los editores tratan la corrección: nunca nadie ha dicho nada malo sobre ello. La valoran, claro, pero la remuneración no suele estar a la altura. Si es tan importante como se demuestra día a día, deberían tratarla como tal. Esta actitud lleva años causando un gran daño: si los correctores no pueden vivir de su trabajo en las editoriales, emigran; buscan trabajos en otros sectores (comunicación, publicidad, consultorías) donde además de valorarlos igual de bien o mejor, también se les remunera a la altura de su responsabilidad y conocimientos. Así, es frecuente que algunas editoriales siempre busquen correctores —más bien correctoras— que acaban de empezar para, de este modo, pagarles menos, exigirles más y quemarlos en un par de años hasta que llegue el siguiente. Por eso se suelen quejar de que es difícil encontrar buenos correctores: lo difícil es encontrar un buen equilibrio entre la remuneración y la profesionalidad.

Aula de Cálamo & Cran

Este año, Cálamo & Cran cumple 20 años. En tu opinión, ¿cuáles son los cambios más importantes que se han producido en ese tiempo en las relaciones entre la persona que corrige y la persona que escribe?

La dignidad. En C&C hemos enseñado que la corrección es un oficio, que hace falta estar bien cualificado, preparado y entrenado porque es un trabajo. Y los correctores son unos profesionales que trabajan con otros profesionales, y que deben de estar en las mismas condiciones, ni más ni menos. Podemos decir que hemos inculcado la dignidad de un oficio, esencial para reforzar la autoridad de un corrector frente a un texto, para que pueda asumir su papel de experto para asumir la responsabilidad de decir —y marcar en rojo— qué está bien y qué está mal —y saber razonarlo, si se lo piden—. Así, mientras desde 1997 florecían los programas de corrección y se vaticinaba el fin de los correctores humanos, se ha demostrado que el público, los lectores, cada día son más —de libros, de webs, de redes sociales— y cada día valoran más un texto bien escrito. Mientras corre la tópica idea de que cada vez se escribe peor, al mismo tiempo, se demuestra que los índices de alfabetización son excelentes comparados con los de hace un siglo, hace 50 años y hace 25. Esa es la razón de que se «condene» en redes sociales y medios cualquier errata. Cada día somos más exigentes con lo que leemos: no tenemos tiempo, y no queremos perderlo con textos que llamen la atención por sus faltas. Por eso, y gracias a la labor de Fundéu y UniCo, los lectores cada vez son más exigentes. ¡Que tiemblen los editores el día en que estos consumidores-clientes-lectores exijan la devolución del importe de un libro que se pueda considerar defectuoso por sus erratas!

En C&C hemos enseñado que la corrección es un oficio, que hace falta estar bien cualificado, preparado y entrenado porque es un trabajo.

El despegue de la autopublicación y autoedición también influye aquí: ha llevado a la falsa idea de que el autor por fin puede quedarse con toda esa cantidad de dinero que le «quita» el editor. En realidad, los mayores costes de un libro van a distribución y librería, y, luego, a los costes de producción: traducción, maquetación, ilustración, corrección y, sobre todo, impresión, por no mencionar almacenaje, promoción y marketing.

Si un autor piensa que su libro le rentará más al quitarse de encima la labor de todos esos profesionales, es que o bien es una especie de Sansón innato del mundo del libro que puede hacer todo eso que hace un equipo supercualificado, o bien es un insensato que se va a estrellar con su libro. Por eso antes puse un ejemplo sencillo de la necesidad que tiene de contar con estos profesionales; por lo menos, con el corrector, que le ahorrará muchas horas de trabajo y muchos digustos. Son muchos los autores independientes que saben que para autoeditarse —para gestionar ellos la parte central de la producción— deben contar, por lo menos, con un buen corrector, un buen maquetador y un buen distribuidor.

Si además de escribir, quieren hacerlo aún mejor o les gusta la edición tanto como para querer ganarse la vida con ello, deben visitar www.calamoycran.com. Aquí podrán encontrar cursos para mejorar la expresión, la gramática, aprender a corregir, autopublicar, promocionar sus libros o cómo convertir a Word en su auxiliar de trabajo.

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