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El autor novel frente a su obra

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El autor novel frente a su obra
El autor novel frente a su obraTal vez uno de los consejos para autores noveles más repetidos es el de pensar su obra, antes, durante, y sobre todo, después de haberla escrito.

Pensar la obra no es sino considerarla en todas sus dimensiones, en todo su alcance, en todo su impacto. Y para ello nada mejor que dejarle un tiempo de maduración.

Si tomamos por bueno que una obra no se termina (¡ni mucho menos!) cuando ponemos la palabra «fin», sino que en tal momento nos encontramos, como quien dice, al principio del trabajo, estaremos en vías de comprender mejor nuestra propia obra.

De igual modo que una planta aún no existe por el simple hecho de haber plantado la semilla; una novela, tras ese aparente final, debe ser regada y mimada, releída y revisitada tantas veces como considere su autor, y lo hará más en la medida en que respete a sus lectores. Todo dentro de unos límites, eso sí.

Tal vez la primera pregunta que se haga el autor tras una primera relectura, sea la de si ha conseguido plasmar aquella primera motivación que lo empujó a escribirla.

Y aun siendo importante esa pregunta, puede que tenga mayor trascendencia todavía la que le permita discernir si esa obra lo representa fielmente, si se encuentra a sí mismo tras esa obra o solo se puede vislumbrar un yo impostado, un yo revestido con ropajes prestados, un yo deudor de otros intereses, de otros gustos, de otras motivaciones.

Es un ejercicio de madurez responsable, vigilar por la imagen que nuestra obra ofrecerá de nosotros

Sería de justicia que el autor pudiera confirmar ese extremo antes siquiera de pedir a los lectores que lean su obra, antes siquiera de pedir a una segunda persona que le ayude a descubrirlo.

Un autor tiene que poder identificarse con su obra hasta el punto de intuirse en cada personaje, de verse en cada párrafo, de leerse en cada línea. Y, sin embargo, nada de él debería trascender en una obra de ficción; no al menos con esa etiqueta, no al menos con esa intención. Cualquier otra cosa no es más que una cadena que atenaza la creatividad y condiciona el resultado final.

Estar y saberse dentro de la obra. Leer y no adivinarse dónde, pero… saberse parte.

Nuestra obra nos representa

El autor está representado en todo momento por su obra, y una vez que sale de sus manos, lo representa para siempre, en todo momento y lugar, y ante todo testigo.

En no pocas ocasiones, conduce al autor novel el guía sordo y ciego del éxito soñado, acaso soñado por otros y tomado prestado por el autor novel.

El autor novel frente a su obra. Es un ejercicio de madurez responsable, vigilar por la imagen que… Clic para tuitear

Es un sano ejercicio reflexionar, y no poco, sobre lo que supone escribir, sobre lo que supone terminar una obra y, tal vez donde se haga más necesario, sobre lo que supone cruzar ese límite más allá del cual la obra ya no pertenece al autor, sino al lector.

Es un ejercicio de madurez responsable, vigilar por la imagen que nuestra obra ofrecerá de nosotros, y no por manipularla o siquiera maquillarla, sino más bien para comprender qué se verá de nosotros una vez que la obra haya salido de nuestras manos.

Nada debería hacerse al respecto una vez visto ese yo que porta nuestra obra, y menos aún nada que prostituya el oficio o al que lo desempeña. Nada, tan solo comprender la obra para comprendernos como autores.

Cada obra es un examen final que nos prepara para cursar el siguiente grado, la siguiente novela.

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